El problema de la violencia revolucionaria en la concepción del Chavismo podría sintetizarse en la afirmación del presidente Chávez cuando afirmó: "Esta es una revolución pacífica, pero no desarmada".
A pesar de que el acceso al poder y la construcción del gobierno revolucionario se da en Venezuela a partir del proceso electoral de 1998, un balance y análisis sobre el juego estratégico y las vías de acceso al poder incurriría en un error si interpreta la Revolución Bolivariana como un ejemplo de transición pacífica hacia la toma del poder.
Las condiciones de ruptura revolucionaria del orden punto fijista están tejidas por profundas expresiones de violencia insurreccional y de masas, como lo denotan los levantamientos populares del Caracazo, la intensa movilización y lucha durante la década del 90, las insubordinaciones cívico-militares de 1992, hasta la insurrección cívico-militar del 2002 que retoma el poder después del golpe de derecha y restituye al presidente Hugo Chávez al frente del gobierno revolucionario.
Podemos afirmar que el juego estratégico de derrota del viejo orden punto fijista se dio a partir de un extenso y profundo proceso de insubordinación cívico-militar.
El Chavismo recepciona sin complejos la tradición de lucha insurgente vivida en las décadas del 60, 70 y 80, las recupera como antecedente y se reclama como continuador de la disputa estratégica abierta por estas vanguardias revolucionarias.
Sin embargo, el Chavismo y su despliegue desde la Revolución Bolivariana recuperó el papel del levantamiento armado como interpelación al orden burgués, pero en la práctica supuso un replanteamiento al desarrollo de la guerra popular, juego estratégico que había sido cerrado por parte de la izquierda revolucionaria desde finales de la década del 80.
El abandono de la estrategia de guerra popular y el supuesto de un ejército campesino que avanzara sobre las ciudades buscando el estímulo de una insurrección que liquidara las relaciones de poder, no supuso el abandono del horizonte de lucha por el poder por parte de varios de los factores más dinámicos de la izquierda o de la oficialidad nacional revolucionaria. Por el contrario, su presencia en los espacios civiles o dentro de las fuerzas armadas venezolanas seguía tejiéndose en clave de estrategia revolucionaria.
Próximos al ciclo electoral de 1998, la dinámica revolucionaria había logrado configurar un sujeto histórico revolucionario que aportaba el dinamismo necesario para la tarea de acceso al poder. El sujeto se configuraba como un actor nacional popular y se había hecho bloque histórico en palabras de Gramsci.
La validez y viabilidad de la opción electoral no puede verse desligada de la existencia de una correlación de poder favorable a partir de un pueblo movilizado en clave de revolución y un extenso acumulado de poder revolucionario dentro de las fuerzas armadas que disuadían cualquier intento de la élite punto fijista por transgredir las normas que la misma vieja democracia cuarto-republicana definía en la moribunda Constitución de 1961.
La atípica, particular y tal vez única en América Latina, existencia de factores revolucionarios dentro de las fuerzas armadas venezolanas es un caso que amerita estudios históricos y sociológicos profundos. Baste recordar la tradición revolucionaria presente en las fuerzas armadas desde mediados del siglo XX.
La conciencia nacionalista en la defensa del petróleo y la democracia, frente a las pretensiones imperiales y la burguesía criolla, tiene como antecedentes los levantamientos del "Carupanazo" y el "Porteñazo", insurrecciones realizadas entre las Fuerzas Armadas y la izquierda insurreccional venezolana, hechos ocurridos durante la presidencia de Rómulo Betancourt (1959-1964). El primero estalló el 4 de mayo de 1962, el segundo el 2 de junio del mismo año; al ser derrotados, los destacamentos militares se repliegan posteriormente al campo y forman la primera guerrilla venezolana conocida como las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional).
La condición para el desarrollo de la guerra revolucionaria desde formas de ejércitos guerrilleros campesinos exige la existencia de una problemática agraria y de un patrón productivo que se desarrolle desde las lógicas de la acumulación originaria o la desposesión. Esto en Venezuela no se dio, pues si bien pervivió el latifundio como relación social de monopolio y exclusión, el campesinado no pervivió como clase significativa y de trascendencia, ni estadísticamente ni productivamente, en la trama socio-económica del país.
Además, de manera estratégica, el gobierno de Betancourt incorpora una política de reforma agraria —cuyo objetivo fue el control ideológico antes que la superación de la desigualdad— mientras profundiza la represión en lo urbano. La crisis de la reforma agraria terminó incentivando la tendencia de migración a la ciudad, dándose un proceso de urbanización desde la exclusión.
En Venezuela, a diferencia de Colombia o El Salvador, la acumulación agraria no se dio desde la lógica de la acumulación originaria que permitiera una recomposición permanente de los ejércitos rebeldes a partir de las grandes masas desposeídas violentamente. El campesinado terminó representando un modesto 10% de la población, y la tierra acaparada permaneció como baldío, mucho más representativa de abolengo y estatus que de medio de producción.
En el contexto venezolano, Alí Rodríguez, en relación a la lucha armada emprendida por la izquierda posterior al derrocamiento de Pérez Jiménez y el inicio del gobierno de Rómulo Betancourt, afirma: "No sé si fue necesaria, pero sí inevitable". La revolución del 58 fue traicionada, y en vez de la democracia el nuevo régimen devino en una oprobiosa tiranía, que combinaba las formas parlamentarias y legales con las prácticas de exterminio y asesinato de la oposición política.
La revolución traicionada del 58 tiene como trasfondo la falta de propósito estratégico de quienes desde la Junta Patriótica y el Partido Comunista de Venezuela acertadamente impulsaron la táctica de Bloque Único, pero carecieron de una estrategia de poder. Alí Rodríguez plantea críticamente:
La vanguardia no radicalizó, pasó a realizar llamados a la calma. En el campo surgieron rápidamente los llamados frentes por el derecho al pan, que se expresaban en casi todo el país con la invasión de grandes latifundios para distribuir la tierra entre los campesinos. La vanguardia equivocó los tiempos: cuando había que llamar a la insurrección (1958 y 1959), llamó a la calma; luego abandonó la efervescencia revolucionaria urbana y fue al campo.
Para la década del 70, bajo el auge y bonanza del petróleo, toda la plataforma del levantamiento insurgente gravitaba alrededor de la bandera de la nacionalización petrolera como estatización. La burguesía toma la delantera al nacionalizar el petróleo a partir de la Ley Orgánica que reserva al Estado la industria y el comercio de los hidrocarburos en 1975. La nacionalización del 76 significó para la insurgencia la pérdida de un importante eje estratégico.
El impacto de la bonanza petrolera y las megaobras públicas urbanas —no así el desarrollo de tejidos industriales— terminó por liquidar la contradicción en el campo por sustracción de materia. La insurgencia comienza a valorar la obligatoriedad de un cambio de estrategia y, en esta dirección, aprovecha los procesos de pacificación para instalarse en lo urbano, para construir nuevos espacios de acumulación.
El continuo de la lucha de la izquierda insurreccional que va desde la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez, continúa con la lucha guerrillera, su regreso a la legalidad hacia la lucha de masas y parlamentaria y su vinculación con la rebelión cívico-militar liderada por el comandante Chávez.
La recepción simbólica y política que hace el comandante Chávez de la guerra popular guerrillera del 60, 70 y 80 será desde la recuperación y reivindicación de su papel interpelador del régimen de terrorismo de Estado puntofijista, elevando a sus dirigentes y miembros sacrificados al sitial de héroes de la patria, como es el caso de Fabricio Ojeda, Américo Silva, Argimiro Gabaldón, Alfredo Maneiro, entre otros.
El comandante Chávez mantuvo y promovió la conciencia de que las luchas por la liberación son un continuo. Como lo expresa el comandante guerrillero Paul del Río:
"Dicen que la historia la escribe el vencedor y nosotros vamos a hacer un esfuerzo porque se cuente la historia verdadera, porque las luchas revolucionarias venezolanas no terminan con la bala que mata a Zamora y vuelven a comenzar el día 27 de febrero de 1989 ni el 04 de febrero de 1992. Comenzaron casi medio siglo atrás."
Las luchas de la generación insurgente del 60, por primera vez en el siglo XX venezolano, plantean el problema del poder, la liberación nacional y el socialismo, libreto que viene a ser recuperado y concretado en la estrategia política desplegada por el comandante Chávez durante el ciclo bolivariano. La Revolución Bolivariana es un continuo social, político y militar de aquellas gestas de rebeldía, es la realización política de un ciclo de revolución.