Durante casi dos siglos, la máxima de Carl von Clausewitz —"la guerra es la continuación de la política por otros medios"— ha dominado el pensamiento estratégico y filosófico sobre el conflicto armado. Esta fórmula implicaba que la guerra, por brutal que fuera, conservaba un sentido racional: era un instrumento al servicio de fines políticos, un medio extremo pero calculable dentro de la lógica del poder estatal.
Sin embargo, el filósofo y jurista italiano Norberto Bobbio, en su obra fundamental El problema de la guerra y las vías de la paz (1998), somete esta tradición a una crítica radical. Frente a la aparición y proliferación de las armas termonucleares, Bobbio sostiene que la guerra ha dejado de ser un medio político para convertirse en su antítesis absoluta. La guerra, en la era atómica, ya no es la continuación de la política, sino el cierre de la política: un "camino bloqueado" que conduce a la autodestrucción y que, por su naturaleza incontrolable, invalida cualquier cálculo racional de medios y fines.
El presente ensayo explora esta tesis bobbiana en sus tres dimensiones fundamentales: la transformación cualitativa de la guerra, su inutilidad estratégica, y su incontrolabilidad jurídica, para concluir que la única salida posible es la construcción de una nueva política orientada a la eliminación definitiva de la guerra.
Bobbio parte de una constatación elemental pero decisiva: la guerra termonuclear no es una guerra más, ni siquiera la más destructiva de una serie. Es un fenómeno cualitativamente nuevo que amenaza con poner fin a la historia misma de la humanidad. Esta novedad radical invalida todas las justificaciones tradicionales del conflicto armado y sitúa a la guerra en un plano completamente inédito.
Esta posibilidad del "final de la historia" no es un dato menor. Implica la crisis de toda filosofía de la historia que, hasta ese momento, había intentado dar un sentido al devenir humano, justificando incluso las guerras como males necesarios o aparentes. La guerra termonuclear, al poder borrar las condiciones de posibilidad de cualquier futuro, deja de ser un evento en la historia para convertirse en un evento contra la historia.
La política, que es precisamente la actividad destinada a construir y organizar el futuro de las comunidades humanas, se ve así anulada en su esencia. Si la política es, como la definió Aristóteles, la actividad que busca el bien común y la convivencia ordenada, una guerra que puede exterminar a la humanidad entera no puede ser considerada un instrumento político. Es, por el contrario, el instrumento de la destrucción de toda posibilidad de política.
El argumento central de Bobbio para sostener que la guerra se ha vuelto el cierre de la política reside en la constatación de que la guerra termonuclear se ha vuelto inútil para el fin que tradicionalmente la justificaba: la victoria.
Toda guerra, en la tradición clausewitziana, tiene un objetivo político que se alcanza mediante la derrota del adversario. La victoria es el puente que conecta el medio bélico con el fin político. Pero si la guerra termonuclear hace imposible distinguir entre vencedores y vencidos, entonces ese puente se derrumba. Bobbio lo formula de manera lapidaria:
Esta observación tiene consecuencias devastadoras para la racionalidad política. La política se basa en la lógica de elegir los medios más adecuados para alcanzar fines deseables. Si el medio (la guerra) ya no puede garantizar el fin (la victoria) y, por el contrario, conduce al aniquilamiento de todos los contendientes, entonces la decisión de ir a la guerra deja de ser una decisión política racional para convertirse en un acto de pura sinrazón, un salto al vacío.
La política es el ámbito de la deliberación y la elección. Pero cuando la única "elección" posible es la destrucción mutua asegurada, el espacio de la deliberación se cierra. La guerra termonuclear no es un medio para un fin; es el fin de toda posibilidad de elegir. En este sentido, la guerra ya no es un instrumento de la política, sino su negación absoluta.
Paralelamente a su inutilidad, la guerra termonuclear también se revela como un fenómeno incontrolable, escapando a cualquier tipo de regulación jurídica. Bobbio analiza esta dimensión al distinguir entre los conceptos de legitimidad (la causa justa) y legalidad (la conducta de la guerra) de un conflicto.
La tradición del derecho internacional había logrado, al menos, establecer un ius in bello para limitar los horrores de la guerra, regulando aspectos como la distinción entre combatientes y civiles, la prohibición de ciertas armas o la limitación de los daños colaterales. Sin embargo, la guerra atómica dinamita estos límites por completo. Bobbio es contundente al respecto:
Que la guerra esté "legibus soluta" —es decir, desligada de la ley— implica que ha roto su vínculo con el orden jurídico, que es una de las expresiones más acabadas de la política. Una guerra que no puede ser regulada, que no respeta distinción alguna, que no puede ser sometida a procedimientos, es una guerra que ha abandonado el terreno de lo político.
La política, en su forma civilizada, es el arte de poner límites al conflicto, de canalizarlo a través de instituciones y reglas. Cuando la propia herramienta (la guerra) se vuelve incontrolable, ya no forma parte de ese arte. La guerra se asemeja entonces a una catástrofe natural, a "un terremoto o una tempestad" (Bobbio, 1998, p. 56), es decir, a un fenómeno ante el cual la política es impotente.
Bobbio reformula la relación entre guerra y derecho:
La política, entendida como la construcción del orden, el derecho y la convivencia pacífica, encuentra en la guerra su negación radical.
Frente a este diagnóstico, la única salida que vislumbra Bobbio es la del pacifismo activo. No se trata de un pacifismo pasivo que espera la desaparición natural de la guerra por la vía del progreso histórico, sino de un compromiso ético y político para eliminarla. Esta es la consecuencia lógica de entender la guerra como un camino bloqueado.
La política ya no puede "hacer la guerra", porque eso sería su suicidio; su nueva y suprema tarea debe ser "hacer imposible la guerra". Para Bobbio, esta necesidad se equipara a los proyectos revolucionarios de abolir otras instituciones que se han vuelto insostenibles:
La eliminación de la guerra se convierte así en el imperativo político por excelencia. Ya no se trata de librar la guerra justa o de regular sus excesos, sino de construir las condiciones institucionales (como un Estado mundial) o sociales que impidan su recurrencia. La política, para no cerrarse definitivamente, debe dedicarse a suprimir aquello que la amenaza con la aniquilación.
El cierre de la vieja política —la que incluía a la guerra en su repertorio de instrumentos— abre la posibilidad de una nueva política, cuyo fin supremo es la paz. Bobbio no se limita a constatar la crisis; señala el camino: la política debe redefinirse a sí misma como la actividad que hace posible la supervivencia de la humanidad.
Para Norberto Bobbio, la guerra termonuclear representa el cierre definitivo de la política porque anula sus dos presupuestos fundamentales:
Al convertirse en la antítesis del derecho y en una amenaza existencial para la humanidad, la guerra deja de ser un medio para convertirse en el mayor de los obstáculos. La tarea política de nuestro tiempo, nos dice Bobbio, es precisamente superar esta condición, cerrando para siempre la puerta a la guerra para poder mantener abierta la posibilidad de un futuro para la humanidad.
Bobbio, N. (1998). El problema de la guerra y las vías de la paz. Ediciones Altaya.